lunes, 15 de octubre de 2007

El hombre que apuñaló a Homero


Este lunes parece ser que la organización del Tour de Francia hará entrega a Óscar Pereiro Sío de su maillot amarillo en relación a la edición del año pasado, en presencia, como no, de don Jaime Lissavetzky, presto a "ayudar" a los ciclistas en particular y ante todo a mostrarse con alguno de ellos preferiblemente. Quizá para que algunos se olviden de su papel en los meses posteriores(ya casi años) a la Operación Puerto. Nunca se sabe, y no os preocupeís, este blog no suele tratar de este tipo de cosas y no lo hará en esta ocasión. Ni mucho menos de la ética del momento, de los juicios pasados, del tiempo que ha pasado desde el 23 de Julio de 2006, de la complicidad perdida entre los dos protagonistas del podio de aquél día ni de si es lícito dar al segundo clasificado lo que pierde el primer clasificado por dopaje. Esos pensamientos, como digo eminentemente éticos y reflexivamente personales, creo que están de más en este momento de la película, y, si me lo permitís, creo que están mejor en la privacidad de nuestros propios designios neuronales. El protagonista de este blog siquiera será el protagonista de la foto, sólo el brazo ejecutor.


Simplemente el que apuñale al que se le han atribuído las primeras grandes historias de esos héroes sin igual, de esas epopeyas grandilocuentes, el que acabe con el Homero figurado del ciclismo. Y ese no fue otro que Floyd Landis, al que algunos llaman acertadísimamente(desde un modestísimo blog, por ejemplo) "DisneyLandis". Porque el ciclismo es grande por las jornadas épicas. El ciclismo nace del esfuerzo y la superación y se embellece con la valentía y el inconformismo. Esos dos valores, esas características únicas que forman la actitud temeraria de todo gran héroe, son las que nos han dejado los verdaderos momentos para el recuerdo de este deporte, los que los distinguen de otras situaciones más normales, más habituales, incluso más racionales, que se funden y confunden en la memoria de vez en cuando, haciéndonos incapaces de reconocerlas por sí solas más que como un grupo de repeticiones más o menos parejas de actos semejantes. La importancia del ciclismo en cuanto sobretodo a otros deportes es justamente ésa. Se desmarca de palmareses grises y oxidadas copas en vitrinas hacia el reconocimiento ante el héroe de a pie, hacia el temerario que cruzó los límites de lo "normal" y conquistó el triunfo. La posibilidad del cambio irracional, de que algo no planeado cambiara por completo el resultado racional. Esa es la magia de éste deporte, que, por otra parte, multiplica la susceptibilidad de cambios con la climatología, los problemas en las bicicletas, las caídas, estados de forma...



Esa visión del ciclismo hizo mito a Fausto Coppi, dejando gris parduzco a otros corredores importantes de su época como Fiorenzo Magni, tan sólo como simples apuntes de una historia dorada y espectacular. Fue a partir de ese momento cuando el ciclismo dejó de ser épico simplemente por terminar la carrera con vida, por no haber sido carne de caída, de un tren gracias a un paso sin vallar o de los osos en el círculo de la muerte del Tourmalet. El sprint del pelotón, el llanear sin vida ni competición hasta 250 metros del final empezaba a ser un enemigo, las cosas habían cambiado, los esforzados de la ruta, los isolés, los desherités, habían desaparecido, fruto del profesionalismo galopante del ciclismo, este deporte pasaba de una manera generalizada a la modernidad. Y el profesionalismo llevaba a la comercialización, al resultadismo, una vez pasada la posguerra en Europa. Ese resultadismo nacía, e iba alimentándose de las mentes de algunos que creyeron que con el sólo hecho de ganar serían recordados. En la actualidad, tan sólo el porcentaje de aquéllos con los héroes es lo que ha cambiado. Se ha ido desarrollando, destrozando silenciosamente y de forma salvaje la épica en el ciclismo. La búsqueda de resultados, la fórmula mágica que dará con el palmarés adecuado. Adecuado para ser recordado, para ser alguien, ganar dinero y fama. El enemigo del héroe, que subraya sus bondades ante la adversidad.


En los últimos años, ya las grandes gestas están cada vez más lejanas, que no olvidadas. Cuando existe alguna temeridad cualquiera ya piensa que no llegará muy lejos. Insensateces creen algunos. Cómo se puede atacar a 100 km de meta? muy puesto irá, seguro. O si no en 50 km le tienen... quizá solo busca el maillot de la montaña, una lucha secundaria. La igualdad de los ciclistas, la igualdad que han traído las mejoras en la preparación, material, medicina y sobretodo en la mentalidad hacen que sea más difícil luchar contra el resultadismo, ganar de cualquier manera. Las dictaduras ya no son como antes, de ciclistas, sino de ideas, de mentalidades. Ahora que algunos dicen que no se puede tener dos picos de forma(Abraham Olano dixit), que sólo se puede correr en condiciones una gran vuelta por etapas, que condicionan todo a la forma del ciclista, que hablan de túneles del viento más que de carreteras normandas o provenzanas, es el tiempo del resultadismo más aberrante, del pinganillo, de los sprints de montaña, de las decisiones en etapas contra el reloj. Esta situación se mantiene, pasan los campeones, con sus trofeos, sus podios y sus sonrisas ante vedettes locales, sin pena ni gloria, haciendo vibrar a sus aficionados con... resultados.


En este mundo, un hombre, un menonita frustrado por una cercana operación de cadera que podría acabar con su carrera, luchaba contra los elementos. Después de un desfallecimiento terrible el día anterior, Floyd Landis estaba dispuesto, ese jueves, 20 de Julio de 2006, a sobreponerse, a reverdecer viejos laureles quizá olvidados, a rememorar los días de Coppi, de Koblet, de Merckx, de Fuente. Y a 128 kilómetros de la meta de Morzine, se marchaba en solitario, buscando una oportunidad. Los más convencidos del nuevo régimen auguraban lo habitual: puede que gane la etapa, pero desfallecerá. Nada, la Joux Plane es dura y lo engullirán. Va puesto hasta las cejas, seguro. Algunos iban escuchando cantos de sirena, que movían a tiempos cálidos y soleados de los años 50 y 60, vida sencilla aunque dura, feliz aunque ganada a sudor y fuego. La estrategia había sido visada por Eddy Merckx, no podía ser, todo cuadraba a la perfección. Corredor dando de sí lo máximo. Otros, mucho más preocupados por el puestómetro miraban a sus coches esperando reacciones de los que les mandan. Tirones, ritmo sin ganas, como esperando uno de esos finales habituales que les esperan a los ciclistas fugaces, de minuto bueno como dice Pedro Delgado. Pero no.


El estadounidense, dejando atrás esa idea tan anglo-americana del pragmatismo(instalada precisamente en un deporte eminentemente europeo continental), se llenaba de confianza al ver las reacciones, al ver las referencias. Podía ser, la gesta podía dar un vuelco a su undécima posición en la general. La vida volvía a tener una especia extra que podía trastocarlo todo. Nerviosismo detrás, las cabezas pensantes del volante no pensaban, más bien querían quitarse el pinganillo antes que sus ciclistas. Cuidado que el menonita llega, y con ventaja. Apoteosis. La Joux Plane ha dado lucha de fuerzas justas, como podía esperarse, también con el escapado, que ha pagado en parte su esfuerzo, pero que, de nuevo de forma milagrosa, se ha recuperado para hacer una bajada increíble en un descenso peligroso. Fuga de 130 kilómetros, etapa, casi liderato, Eddy Merckx, Joux Plane a 40º grados centígrados. Es perfecto. Hay un nuevo héroe, hay una nueva gesta. El resultadismo se desploma, algunos, los más positivos, cantan a los cuatro vientos la desaparición de la tiranía del resultadismo, del big blue, de las contrarrelojes extraterrestres y casi de la pájara de Jacques Anquetil en Envalira. Es un día feliz para el ciclismo de siempre, el de los aventureros, el de la gente que no se arruga ante las dificultades, que las afronta.


Pero tiene truco señores, el gran Houdini parece ser que era un espía estadounidense y de ahí su fama, y Floyd Landis se había metido no se sabe cuanta testosterona. Ni Eddy Merckx, ni gesta, ni nada. Mentira. El ciclismo de la épica, en coma latente desde finales de los 80, moría sin remedio en ese 20 de Julio de 2006, víctima de una mentira. El resultadismo y la falacia de la actualidad ahogan el sentimiento de la heroicidad, imponiendo lógicas absurdas y sin sentido a algo que escapa a las normas, que no conoce de conformidad. Algunos creen que todas las gestas eran producto de la "magia negra". Justifican que ahora no se mueva ni una lagartija en los hastiados pelotones lejanos a meta. Asegurar lo ganado se puede llamar. El tiempo en el que se llamaba regalar lo perdido ha pasado. Si ni siquiera se pueden hacer dos grandes con opciones, qué más se puede pedir? Reducciones de kilometrajes, seguro. Y que no haya puertos, puede ser. Algunos creerán que eso tapará los resquicios por los que se hunde este gran barco. Hacer de este deporte todo lo que son los otros: resultados, palmarés, Copas de Europa en blanco y negro. Landis acabó con el resquicio de esperanza que levantó el mismo en el col de Saisies. Al menos siempre nos quedará una cosa: ilusión. Como los niños con los trucos de magia, en el ciclismo nunca sabes qué y cómo va a desaparecer cualquier cosa, aunque algunos desde sus volantes intenten hacer creer lo contrario.

lunes, 1 de octubre de 2007

Siguen siendo los 4 fantásticos.


Con la victoria de ayer de Paolo Bettini, de nuevo se vuelve a su guarida, al menos por un año, la posibilidad de que Óscar Freire Gómez rompa un grupo en el que de momento sigue contando. El Mundial, o mejor, el récord de victorias de los campeonatos del Mundo de ciclismo en carretera sigue siendo cosa de 4, de esos "4 fantásticos" a los que me refiero parafraseando a los míticos "Fantastic four" creados por Stan Lee y Jack Kirby. Como si de Mr. Fantástico, antorcha humana, mujer invisible y la cosa se tratase, nuestros 4 protagonistas siguen en ese Olimpo de los ganadores de la carrera de un día más importante del año, de la carrera en la que en un día se juntan todos los grandes competidores del ciclismo y se disputan la victoria. Permanecen juntos un año más, a la espera de que el único que sigue en activo, acabe con esa verdad universal del ciclismo(una de tantas), que dice que ningún corredor, gane pronto o tarde en su carrera, es capaz de lograr 4 campeonatos del Mundo, o más.


Y prosiguiendo con el paralelismo anterior de los héroes del cómic, voy a ir desgranando muy brevemente los actores principales de esta historia, esta vez de ciclismo. Comenzamos con, en este caso, "el hombre invisible", que responde al nombre de Óscar Freire. El corredor cántabro, el único que sigue en activo con sus ya 31 años, es como su sobrenombre indica, un hombre al que se le ve muy poco. Esta afirmación además en el de Torrelavega tiene muchas acepciones. La primera, y más importante, es que a pesar de sus grandes triunfos, en los que destacan estos 3 Mundiales(con Verona como ciudad talismán), las dos victorias en Milán-San Remo, las etapas del Tour de Francia, las de la Vuelta, la clásica de Hamburgo e infinidad de otras victorias de gran prestigio, es muchas veces olvidado por la prensa y los aficionados españoles salvo cuando se trata de los Mundiales. España, país eminentemente abocado a la montaña y con ello a las grandes vueltas en las que predomina ese terreno, muchas veces ha defenestrado u olvidado a otros grandes ciclistas que hicieron de su especialidad ese "otro ciclismo", como el propio Freire, su contemporáneo Juan Antonio Flecha, y sobretodo Miguel Poblet, entre otros. Como el mismo corredor de Torrelavega denunciaba al conseguir su segunda victoria en "la classicissima".


Por otro lado, es un corredor muy poco habituado a los alardes. Cuando Óscar Freire acelera, es simplemente para ganar. Lo hemos visto cuando sprinta, siempre inteligente, siempre dando las pedaladas justas en los huecos suficientes. Y lo hemos visto cuando, pese a que no es su estilo, ataca. Lo vimos en su primer Mundial en Verona, en 1999, ante los grandes favoritos como Ullrich, Casagrande, Vandenbroucke, Zberg o Camenzind, o por ejemplo, en la Flecha de Brabante, donde ha ganado los últimos 3 años. Sus rivales no le ven, las cámaras no le suelen mostrar haciendo esfuerzos de más en ataques-gaseosa o en ritmos sin sentido. Pero cuando aparece Óscar Freire es para levantar los brazos, no hay otra. Por eso es un ciclista como la copa de un pino. Porque a una clase fuera de toda duda, le añade una inteligencia, una visión de carrera y un oportunismo únicos. Es el tipo de corredor al que, estando en forma, es muy sencillo darle responsabilidad, está habituado a cumplir. Ya sea ayudándole desde el primer momento, como en Verona en 2003, o con su equipo comercial, donde casi siempre tiene que sacarse él solito las castañas del fuego.


Del más moderno pasamos al más antiguo, a "la antorcha humana", sobretodo porque cuando aceleraba de sus tubulares salía humo: Alfredo Binda. "La Gioconda", un ciclista que no pensaba serlo, que tocaba la trompeta despreocupadamente, y con bastante talento, antes de marcharse a Niza a sacar adelante su futuro, junto a su hermano. Y que, de forma amateur, consiguió ser 4º en el Giro de Lombardía de 1924, una carrera habituada a ases del ciclismo del tamaño de Henry Pelissier, o de Constante Girardengo. Se apuntó, se fue desde Niza en bicicleta como entrenamiento y quedó 4º detrás de Brunero, Girardengo y Pietro Linari. Automáticamente fichó por el Legnano, donde se quedaría toda la vida. Y donde disputaría una carrera muy intensa, con grandes triunfos, sobretodo convirtiéndose en "Campionissimo" con 5 Giros de Italia. Y por supuesto siendo una leyenda en los campeonatos del Mundo, ganando el primero de ellos que dejó participar a profesionales, el de 1927, por delante de Girardengo, azuzando esa intensa rivalidad que les hizo únicos en las carreteras italianas. También de Learco Guerra, el preferido de Benito Mussolini.


Cuenta la leyenda que Mussolini se enfadó cuando, en el sprint del campeonato del mundo de 1934 en Roma, Binda se imponía en vez de Guerra, que no lograba impedir que el ciclista de Citigglio se adelantase un par de segundos para coronarse por tercera vez. El segundo lo había ganado en sus mismas narices, en un sprint de grupo en Lieja, con el gran rival Georges Ronsse 3º, despúes de haber logrado los dos mundiales anteriores. Lo cierto es que el porqué de que Mussollini prefiriese a Learco se refería sobretodo a su apellido, más del agrado del dictador italiano. Después de él, sólo un auténtico coloso como Rik Van Steenbergen, podía igualar su gesta de ganar 3 campeonatos del Mundo. "Rik I" o el "boss" es, en esta historia, la cosa. Un hombre hercúleo(en la foto es el primero, el de detrás es Van Looy) espectacularmente esculpido, con su 1,86 m y sus 83 kilos de músculos y fuerza descomunal, que, al lado de los otros ciclistas, tan delgados, tan mermados, parecía un forzudo. Un sprinter con todas las letras, para muchos, el mejor de la historia. Y como tiene que ser, todo fuerza, todo potencia. Unos muslos como piedras, capaces de tirar en el llano como una locomotora.


Otra de las características de Van Steenbergen era su simpatía, y su buen trato hacia compañeros y rivales, lo que le hizo un hombre muy respetado en el pelotón. Puede parecer una obviedad, pero cuando tienes como enemigo en tu propia casa a uno de tus discípulos, además el más preparado, Rik Van Looy, es una ventaja. Algunos contemporáneos de su selección, como Raymond Impanis, o Stan Ockers, siempre estaban dispuestos a echar una mano a Van Steenbergen, incluso algunos rivales deportivos, como Miguel Poblet o Charly Gaul, le ayudaban en las carreras, cuando a ellos la cosa no les iba. Con el luxemburgués sobretodo tuvo muy buena relación en los mundiales. él no se jugaba nada, ya que esas no eran sus carreras, así que muchas veces trabajó para la parte de la selección belga que se destinaba para el corredor de Amberes. Muy duradero, desarrolló 21 años de carrera ciclista, en los que logró 331 triunfos en carretera y la friolera de ¡1325! en pista, en los habituales "6 días"(40 victorias en pruebas de 6 dias) y otras carreras de velódromo. Su potencia era su mejor arma, y en la pista le hacía casi imbatible. Así logró prestigiosas victorias como París-Roubaix en dos ocasiones, Tour de Flandes en otras dos, Milán-San Remo, 4 etapas en el Tour, 15 en el Giro de Italia, donde fue segundo, y 5 en la Vuelta a España con 7 campeonatos de Bélgica.


Y por supuesto 3 Mundiales. Como Freire con Verona, Van Steenbergen venció en 2 ocasiones en la misma ciudad, Copenhague, y le dedicó el nombre de la "brasserie" que tenía como negocio familiar. El primero fue en 1949. En ese mundial, muy llano, Fausto Coppi intentó escaparse una y otra vez, siempre delante, tirando, atacando. Casi lo consigue, pero a 200 metros del final Van Steenbergen lo supera con facilidad. Los periódicos italianos lo titularían con sarna: "Le aquile non scendono nelle aie". 7 años después, en la misma ciudad y en un recorrido muy parecido, llano, pero con lluvia y frío, Rik I se imponía a su compatriota Van Looy con la ayuda de Fred DeBruyne, que se negó a hacer la llegada a Van Looy pero sí se la hizo a Van Steenbergen. Exactamente igual al año siguiente, en Waregem, en un circuito con muro y bajada en pavés(la subida a tiegem), Impanis y De Bruyne se intercalaron para impedir que el triunfo fuese a parar a Van Looy, ayudando a Van Steenbergen a entrar en la historia, que ya contaba con 33 años. No pudo conseguir ningún título más, dejando el liderato de su selección a su máximo rival, con quién en alguna ocasión casi llega a las manos.


El último de nuestros fantásticos es un hombre que simplemente es eso, Mr. Fantástico. El corredor fantástico, el mejor corredor de la historia del ciclismo: Edouard Louis Joseph Merckx. De el ogro de Tervueren poco hay que decir que no se haya dicho o se vaya a decir en este blog. Por lo tanto, es anecdótico lo que pueda decir en este final de artículo sobre él, ya hablaré, como es normal, largo y tendido sobre, simplemente, el mejor.


Todos ellos comparten una acción que les hace ser los únicos socios de un selecto club. Una colección de 3 gestas que nadie ha podido coleccionar como ellos. Uno de ellos aún tiene cartas que robar del mazo, y puede que su trío se convierta en un póker, lo que nunca antes ha conseguido nadie. De momento es una simple posibilidad, que dentro de un año volverá a resonar con fuerza en nuestros oídos proveniente de los machacones medios de prensa que huelen un poco de historia y la desempolvan rápidamente y en ocasiones de mala manera. Si tengo que decir la verdad, me gusta este grupo de 4 corredores. El Mundial es, de todas las carreras, seguramente la más esquiva. Muchos grandes ciclistas no han brillado en él, de una u otra manera. Puede que sea por los recorridos, que nunca se adaptan plenamente a unos u otros. O puede que sea por esa magia del ciclismo que hace que 2+2 a veces no sean 4, y que nos ha enseñado que por muy claro que esté algo, hasta que no se consigue no se puede saborear.

domingo, 23 de septiembre de 2007

Enemigo público número 1


Ronse es una ciudad de 25.000 habitantes en la zona más sur del Oost-Vlaanderen. La zona valona lo denomina Renaix, y como casi siempre ocurre en el ciclismo, esa forma afrancesada de llamarlo es la preferida por casi todos. Es un lugar muy habituado al ciclismo. En sus alrededores reinan los típicos bergs, las colinas propias de la geografía flamenca y valona. Mientras en un lado los llaman bergs o muurs, en el otro lado se llaman cotes. Sea como fuere, carreras del calado e historia de Omloop Het Volk(la semi-clásica que abre la temporada de primavera en Flandes) y por supuesto de Ronde van Vlaanderen(el Tour de Flandes), suelen ser invitados a los alrededores de Ronse, sobretodo en el Kluisberg, un muro hoy asfaltado que hace 44 años tenía un adoquín marchito y grisáceo. Un kilómetro al 6,8% con rampas que llegan al 15% son sus señas de identidad. Habitualmente se añade en el Tour de Flandes como aperitivo del Kwaremont y como inicio de toda la serie de 15 muros que llevarán a los corredores hasta Ninove.


En el ciclismo, además de por esos datos, Ronse es conocida como sede de los dos campeonatos mundiales de ciclismo más extraños y polémicos de la historia. El primero, y su protagonista, será el tema del que hablará este artículo. En el segundo, ganado por Maurizio Fondriest, hubo hasta una demanda judicial, presentada por el gran favorito, Claude Criquielion, contra Steve Bauer, que le había cerrado en el sprint y le había tirado por los suelos. Esa demanda, además de hacerle perder la medalla al belga, le hizo pagar 12.000 euros al canadiense, que salió ileso tanto en lo deportivo como en lo judicial. Era el año 1988, había pasado un cuarto de siglo desde el anterior mundial en esa ciudad flamenca. Los organizadores no pensaban que podría ocurrir otro Mundial con tanto qué hablar ni con tanta polémica. Ya que en 1963, algunos incluso llegaron a las manos.


En 1963, Benoni Beheyt, nacido en una pequeña localidad flamenca, aun no había cumplido los 23 años cuando fue llamado por la selección belga, el equipo que corría en casa y que llevaba una escuadra potentísima, para defender los colores de su país. Su nombramiento no era extraño, pese a la gran competencia que existía en una nacionalidad tradicionalmente ciclista, ya que ese año había debutado en el Tour de Francia, y había conseguido vencer en carreras del prestigio de Gante-Wevelgem o el Tour de Wallonia. Era un ciclista duro, al más puro estilo belga: rodador incansable, difícil de dejar atrás, luchador, potente en las subidas cortas y rápido en llegadas en grupo. Un buen clasicómano, que, enrolado en el Wiel's-Groene Leeuw, tenía mucha pinta de poder despuntar en los años venideros. Era un joven sin miedo, de los que podía imponer su liderazgo en su equipo a corredores más veteranos como Eddy Pauwels o Gilbert Desmet. Su papel en la selección en todo caso no pasaba de ser el de los demás: ayudar a Rik Van Looy, keizer van Heerentals, a conseguir su tercer entorchado mundial.


El corredor de las cercanías de Amberes, acababa de realizar su posiblemente mejor Tour de Francia, venciendo en 4 etapas, y había sido campeón del Mundo en 1960 y 61, además de haber conseguido ya vencer en el Campeonato de Bélgica, París-Tours, Milán-San Remo, Tour de Flandes, Lieja-Bastogne-Lieja, París-Roubaix, Gante-Wevelgem, Giro de Lombardía, 12 etapas en el Giro, 4 en el Tour y coleccionar a finales de ese año más de 250 victorias entre carreras y critériums. Tenía 31 años, estaba en los mejores momentos de su carrera y tenía una Mundial a su medida en su propio país. Además todas las estrellas que confeccionaron esa selección, los Giuseppe Pino-Cerami, Raymond Impanis, Josef Planckaert... estaban dispuestos a colaborar. El gallinero estaba tranquilo, Rik Van Steenbergen, su archienemigo declarado, estaba más próximo a la retirada que otra cosa. Él era el indiscutible emperador, era una de las estrellas rutilantes junto a Jacques Anquetil, el emergente joven Raymond Poulidor y otros venerados como Federico Martín Bahamontes o Charly Gaul. Estaba todo preparado para su victoria.


El recorrido era llano con el Kluisberg a 10 de meta. El lugar perfecto para seleccionar a los sprinters menos resistentes y poder preparar la llegada para Van Looy. Había corredores importantes que podrían hacerle sombra, como el francés Andre Darrigade, los holandeses Jo de Roo y Jo de Haan, y por supuesto los italianos, con Nino de Filippis, que ya había puesto en dificulades a Van Looy en anteriores campeonatos, pero la selección belga estaba en bloque con su líder, y el recorrido era perfecto. Todas las piezas estaban en su lugar en la salida, una soleada mañana de septiembre. El ritmo fue dejando el grupo más pequeño, tras unos comienzos marcados por la habitual escapada consentida. Pero el equipo belga no estaba para regalos, llegado el último paso por el Kluisberg, los belgas impusieron un ritmo fortísimo, capitaneados por Pino-Cerami. En lo alto de la colina tan sólo 29 corredores aguantaban delante, con Van Looy escoltado todavía por otros 6 compañeros. La victoria no podía fallar. Quedaban menos de 7 a meta y los belgas comenzaron a preparar la llegada, ritmo duro, todos relevando delante para que nadie pudiera escaparse. Todos menos Van Looy, por supuesto.


El emperador de Herentals, como así le llamaban, era un tipo bastante egoísta. Tenía mala fama entre algunos de sus rivales por su vedettismo, por su necesidad de control absoluto, de que todos trabajasen para él. En el Faema eso le había causado problemas con la "parte española" del equipo, ya que el belga impedía que corriesen el Tour en favor de sus gregarios belgas, todo músculo rodador para ayudarle. Sus malas relaciones con Rik Van Steenbergen, el otro gran belga de los 50, fueron antológicas, a veces casi llegaban a las manos. Los aficionados se dividieron. Rik I, mucho más mayor que Van Looy, provenía de la pista, era un armario en la bici. Altísimo y fornido, era un sensacional rodador y sprinter. Van Looy también, aunque menos potente. Pero era más listo en carrera, y mucho más completo. Su menor peso le hacía más ligero en las subidas, y su visión de carrera le llevaban casi siempre al grupo de cabeza con el menor esfuerzo. Así sería el final del mundial, Van Looy no había destacado en toda la carrera pero sus 6 compañeros le harían el trabajo. En el momento de los nervios, del último kilómetro, cayó en la cuenta de que sólo 5 ciclistas relevaban. Una bandera tricolor estaba en cola de grupo, pero ganaba posiciones.


Beheyt había dejado de trabajar, estaba en la trasera de la cabeza de carrera, justo hasta que llegó el último kilómetro. Realmente no había apenas trabajado, estaba haciendo su carrera. Van Looy comenzó el sprint a 200 metros de meta controlando a Darrigade y a los holandeses, con las piernas tensas del esfuerzo y los nervios. A su izquierda, apareció de repente Beheyt. Rik Van Looy, incrédulo, le intentó cerrar contra las vallas, impidiéndole el paso. Benoni no se lo pensó dos veces, y agarró el sillín de su "jefe de filas" para apartarle, y hacerse hueco. El público, extrañado y asombrado, asistía a la victoria del joven ciclista del Oost Vlaanderen. Los compañeros de selección no sabían si celebrar el doblete o mejor callarse antes de la reacción de Van Looy. Éste no cabía en sí de furia. Cogió una toalla, la tiró, no podía creerselo. Se la había jugado su propio compañero. El público, expectante, esperó a la ceremonia de entrega de medallas(en la foto). Jo de Haan, medalla de bronce no sabía donde mirar, en su papel de convidado de piedra. Van Looy estaba totalmente roto. No quería ni mirar a Beheyt, que sonreía tímidamente en lo alto del podio. Los aplausos apenas se notaron, un ambiente tenso se notaba entre el público.


El joven Benoni había ganado un campeonato del Mundo, pero todos o casi todos se le echaron encima, desde sus compañeros de selección, que había trabajado intensamente por Van Looy, pasando por sus rivales y por supuesto los aficionados, que se colocaron casi en mayoría por el gran campeón. Los pocos pero ruidosos que siguieron junto a Benoni intentaban defender a su corredor de cualquier manera. Esos días siguientes a la carrera fueron de habituales tumultos en los bares. Los aficionados de unos y otros se insultaban, y a veces llegaban a pelearse. La policía tuvo que intervenir en varias ocasiones para calmar los ánimos. André Darrigade decía después "El líder del equipo era Rik, yo me llevaba bien con los dos, pero la jerarquía hay que respetarla". Van Looy no volvió a dirigirse hacia Beheyt. Ni siquiera le miraba a la cara. Y como se suele decir, la venganza es un plato que se sirve muy frío. Y Rik Van Looy era una superestrella, uno de los corredores más poderosos e influyentes del pelotón internacional. Muchos ciclistas dejaron de dirigirse a Benoni. En su propio equipo comercial había ciclistas que no le soportaban, le tildaban de traidor. Su futuro se fue al garete. Corrió sólo dos Tours de Francia más. Cuando terminó su contrato con Wiel's-Groene Leeuw, ningún equipo de primera fila le quería en ninguna parte. Ningún critérium quería al campeón del Mundo de 1963 en su carrera. Patrocinadores, directores, organizadores y ciclistas le dieron la espalda. Su ilusionante carrera quedó en nada, pero con el campeonato del Mundo en su palmarés.

lunes, 10 de septiembre de 2007

¡Perico!, un grito unánime


El protagonista del post de hoy es, sin lugar a dudas, el corredor español perfecto, el ciclista popular por antonomasia, el hombre que tantas y tantas tardes mantuvo a millones de espectadores pendientes de la televisión en esas calurosas tardes de Julio, y también en aquellos frescos días de Abril y Mayo. Un hombre que conquistó tan ansiosamente el corazón de los aficionados de su país, que revitalizó una carrera que parecía abocada a las victorias de "completar palmarés" y a sprinters ávidos de buenas clasificaciones generales y dominios de clasicómanos completando su pico de forma. Un hombre que llegó a la cima, y consiguió sin embargo que en su declive, se le asociase de forma evidente con otro gran campeón que surgía. Este post simplemente intenta desgranar los motivos de ello, de que Pedro Delgado Robledo, se covirtiese en el único corredor español intachable por todos.


Segoviano de nacimiento, de familia muy normal, de esos mediados de años 60 de progreso en los que creció, Pedro comenzó a montar en bici como una afición, realmente como algo más. Devoraba el tiempo con sus modestas bicicletas, que fue renovando en cuanto pudo con los ahorrillos que conseguía vendiendo periódicos en sus primeros días de juventud. Era un joven español más, un chico corriente que cuando subía en su máquina se convertía en un peligro para sus rivales. Seguramente soñaba con emular a José Manuel Fuente o a Luís Ocaña, que en esos momentos batían el cobre a Eddy Merckx, el caníbal, que hacía casi siempre estéril la quijotesca lucha de los españoles contra él. La España ciclista vivía emocionada y dividida, Luis Ocaña había nacido en Priego, pero realmente decían que su corazón era del rival francés, y los KAS, que siempre llevaban en el pecho la brega y la lucha de los escaladores. Eran grandes ciclistas, que lucían nuestros colores en el extranjero, y que lo intentaban en la carrera patria, pero muchas veces sucumbían. Su grandeza, la importancia de sus gestas nunca tuvo el eco que merecían, Nunca la tuvieron y siguen sin tenerla. Es muy probable que el público no estuviese preparado para ello, no le diera una importancia que en España no se entendía.


Porque España ha tenido grandes generaciones, pero siempre han tenido sus más y sus menos, incluso con los aficionados. La primera gran generación, la de los finales años 30, con VicentucoTrueba, con Julián Berrendero, con Mariano Cañardo, con Federico Ezquerra, fue doblada por la Guerra Civil, y en muchos casos vilipendiada por la prensa, que les consideraba más unos buscavidas egoístas que unos héroes de la patria. La importancia de la prensa, de las informaciones, imponía de forma casi tan feudal su opinión como el nuevo régimen en la vida de los españoles. Por eso la segunda generación, que había crecido en las miserias de la posguerra, con Federico Bahamontes y Jesús Loroño como puntas de lanza enfrentadas, tampoco consiguió una recuperación de la popularidad total del ciclismo español. Que los aficionados de uno y de otro se enfrentasen en las cunetas mientras ellos casi llegan a los puños en varias ocasiones tampoco hacía mucho en favor de la unión. Mucha culpa es de Bahamontes, aunque él siempre diga lo contrario. Su manía persecutoria ante corredores que pudiesen hacerle algo de sombra, como el propio ciclista vasco, o Bernardo Ruíz, o Antonio Suárez, o sobretodo Miguel Poblet, al que todos(incluída la prensa) tachaban de correr de una manera egoísta y poco heroica, hizo que la afición se dividiese, y realmente conseguir que la selección que se unía en las grandes citas no fuera nada sino un guirigay.


En esta situación, después de la retirada de otros ilustres como Julito Jiménez, otro demasiado olvidado en la actualidad, y Fuente y Ocaña, comenzaba quizá la generación más brillante de la historia ciclista española. En diversos puntos del país estaban creciendo los ciclistas que por fin llenarían de forma total el corazón de la afición española, con un liderazgo unánime con Pedro Delgado. Nacidos desde mediados de los años 50, los José Luís Laguía, Alberto Fernández, Marino Lejarreta, Álvaro Pino, Ángel Arroyo, Pedro Delgado, Peio Ruíz Cabestany o Eduardo Chozas serán los abanderados de la generación de oro, del "boom" del ciclismo en España, los corredores que engancharon a mucha parte de la juventud contemporánea, y a los aficionados anteriores divididos. Ellos, junto un gran trabajo de los directores deportivos jóvenes que empezaban sus carreras mimando las canteras y los equipos de promesas, consiguieron que la nueva generación creciera hacia delante sin complejos, o con los complejos más minimizados, lo que dio un grupo de ciclistas más completo y con muchas más posibilidades. Pese a todo, pese a que muchos de esos directores traían ideas modernas y menos pre-concebidas, fueron los escaladores los que tomaron la mayor relevancia.


Los primeros 80 llegaban con Lejarreta y Arroyo tomando las riendas de la generación. Mientras el junco de Bérriz se hacía con la Vuelta a España de 1982 por descalificación de Arroyo por positivo, era Arroyo el que llevaba las ilusiones al Tour de Francia un año después consiguiendo un segundo puesto brillante. José Luís Laguía martilleaba en la montaña con su colección de maillots de la Vuelta, y otros como Chozas apelaban a la casta, a la clase y a la versatilidad para marcarse cabalgadas imposibles y culminarlas con éxito. Perico, como todos ya le llamaban era un corredor que todavía no estaba hecho. En el Tour había llegado a despuntar, así como había sido amarillo en la Vuelta, pero le faltaba fondo. Varias caídas además le impidieron brillar. Pero justamente fue lo contrario lo que le llevaría al éxito. Su progresión fue una carrera de fondo, con su calidad como base. Fue mejorando, fue puliendo detalles que le hicieron más fuerte, y venció en Luz Ardiden en una etapa apoteósica, aguantando a los escaladores colombianos bajo la niebla. Ese corredor, que acababa de ganar la Vuelta a España tras uno de los finales más extraños, misteriosos, espectaculares y, según algunas voces, compinchados de la historia, estaba casi preparado para dar el salto, para intentar lo máximo, que en España fue, es y seguirá significando Tour de Francia.


Corredor sencillo, totalmente opuesto a esos mocetones setenteros que en España no cuajaban, pero también opuesto a esos míseros escaladores que sólo buscaban su bien económico, Pedro se hacía notar con una simpatía personal que enganchaba. Su terreno era, como no, la montaña, un escalador de los que arriesgaban, de los que daban hachazos a lo Julito, duros. Se estaban juntando los que finalmente fueron los ingredientes del éxito tanto deportivo como popular. Naturalidad y naturaleza agradable, de hombre normal, de tipo cercano al espectador, escalador, de los que además gustan por el espectáculo, joven, rivalizando con los grandes corredores internacionales y consiguiendo éxitos notables, afable con la prensa, de esos momentos de su primer Tour en los que se ofrecía directamente a los periodistas para charlar sobre lo que era la carrera en el Reynolds de Ángel Arroyo. Tan sólo el propio Arroyo podía ser el detonante de que este proyecto de joven exitoso se fuera al traste. Pero Ángel Arroyo demostró ser demasiado irregular, y las fiebres que le machacaron acabaron con su carrera. Dejó de contar. Cuentan las malas lenguas que su relación nunca fue realmente buena. Parece que había bastante competitividad entre uno y otro. Y la carrera de fondo que antes me refería la ganó claramente Delgado, su momento estaba llegando.


Y lo hizo, ganó el Tour. Previo paso por equipo holandés de moda. Lo consiguió tras dominar claramente la carrera, tras un problema con un medicamento en el que él nunca pareció culpable. Estaba en la cima, la gente estaba con él, todos estábamos con él. Un corredor espectacular, que no renunciaba a jugar sus cartas, y que encima cometía despistes que le hacían mucho más popular, todos recordamos su imagen con un paraguas protegiéndose de la lluvia, o hablando por uno de los pocos teléfonos móviles de la época con nosesabequién en medio de la etapa. Esa forma de ganarse al público, a todos, fue única, y es lo que le faltó a la frialdad de Miguel Induráin, por ejemplo. Perico caía bien fuera de la carretera, y en la carretera era un espectáculo, con su forma de bajar con el culotte casi rozando el tubular trasero. Muchos le llamaron "el loco" por aquello. Y su halo se hizo mítico en Luxemburgo. Nadie sabe qué hubiese pasado en caso de no perderse en las calles del gran Ducado. Pero su popularidad ha traspasado el ciclismo. Ese despiste es una leyenda popular dentro del deporte español.


Y en el ocaso de su carrera, cuando ya sabía que no podía subir de forma tan eléctrica como antes, se dedicó a enseñar los gajes del oficio a un joven grandullón navarro del que decían ganaba carreras en solitario sin ni siquiera atacar, tirando a bloque se quedaba sólo. Ese corredor, que sería el gran campeón español del futuro, tuvo el apoyo de Perico, que en todo momento se mostró profesor del alumno, tanto en la carretera como en sus declaraciones. Mientras su final se hacía más evidente, unía sin embargo su nombre al de un hombre que rompería todos los registros. Hasta para eso Perico hizo perfectas las cosas. Es de los pocos ciclistas que han conseguido en España que todo un pelotón español se callase las referencias y le ayudasen en la sierra de Madrid ante un equipo Peugeot absolutamente distraído y después incrédulo. Posiblemente no fue un corredor más talentoso que Induráin, o que el propio Luís Ocaña, o no subía con la capacidad de Bahamontes, pero sin lugar a dudas, Pedro Delgado, "Perico" para la afición, fue el corredor de todos.

martes, 21 de agosto de 2007

Cuando la tragedia está en la siguiente curva


El ciclismo es un deporte, aunque ahora parezca justamente lo contrario, noble, duro y valiente. Una actividad física terrible unida a un peligro constante, que muchas veces es minimizado por el amarillismo interesado de periodistas y escritores, que se toman las caídas y los golpes de una manera más cercana a las actuales y famosas series televisivas de médicos que a los "gajes del oficio" propios del ciclismo. Tristemente, todo hay que decirlo, ese plus de peligrosidad que antes era admirado hoy en día no es más que un motivo más para hacer sangre de este deporte, siempre que se produce un percance, un enganchón o una montonera. Siempre buscando restos rojos, siempre colocando el zoom en las heridas como si fuéramos los espectadores los que tuviéramos que curarlas o diagnosticar lo que pueden causar esos hematomas. Como casi todo en el ciclismo, la actualidad está tomando otra característica de él y la está haciendo grotesca, comercial y amarilla, sólo para vendernos las desgracias, vendernos el morbo y la basura.


Como he dicho en muchas ocasiones, este blog no está destinado a hablar de la actualidad, y no lo va a hacer más que de pasada. Porque honrar este deporte está totalmente enfrentado al ciclismo en la actualidad. Antes, el peligro, la dificultad y las caídas, eran un aspecto importante, la valentía de los ciclistas era admirada, era vista como un punto positivo más a añadir a la larga lista de características de los esforzados de la ruta. Carreteras en mal estado, lluvia, bicicletas menos controladas, y controlables, bajadas peligrosas, desniveles altos, gravilla y barrancos, el pan de cada día.


Kenbeo kenmaro, "vida o muerte", rezaba el anillo de Jean Robic, todo un ganador del Tour de Francia, curtido en muchas caídas, y que protegía su cabeza con una chichonera. El corredor, al que algunos apodaban "trompe la mort"(el que engaña a la muerte), era considerado un bicho raro en el pelotón, un bretón correoso y peleón que sabía lo que era labrarse el futuro en la carretera a base de tesón, y valentía. Como casi todos los de su época, como casi todos los que han circulado en bicicleta. Siempre existe un peligro, siempre existe una posibilidad fatal, en cualquier circunstancia puede ocurrir lo inesperado, y el ciclista siempre suele ser una marioneta de trapo en manos de la divina providencia, de la suerte, de la casualidad. Muchos corredores no pueden contar sus experiencias, y nos han sobrecogido con sus problemas, con sus desgracias. Aquello tan manido del "los ciclistas están hechos de una pasta especial" no sirve para todos. A Francisco Cepeda no le valió para escapar de la muerte en el Galibier, ni a Fabio Cassartelli en el Aspet. Las circunstancias, un descuido, un problema mecánico, y todo cambia, deportivamente y más allá, en la vida.


Las caídas, ese factor al que muchas veces no nos referimos, existe, está entre los corredores en una competición, con una importancia pequeña en caso de no producirse pero de una manera extrema en caso de hacerlo. Para Roger Riviere significaron estar postrado en una silla de ruedas desde los 24 años de edad, truncando algo más que una carrera que apuntaba muy alto, sino su propia vida. Para otros, no son más que un agravio deportivo, como para Luis Ocaña en Menté, que le hizo perder un Tour, o para Joseba Beloki. Algunos, incluso, no incidirán en las caídas más que para contárselas ya ancianos a sus nietos en días calurosos de verano, Tour de Francia en la Televisión. Esos son los más, el gran pelotón, que han tenido algún problema en forma de caídas pero que no acabaron en una tragedia. La línea que las separa es muy delgada, y muy frágil. Si Anquetil hubiera tenido un pequeño golpe de mal fario en la bajada bajo la niebla del Envalira en 1964 a lo mejor lo tomaríamos como una desgracia, y no como una heroicidad. Y si Wim Van Est no hubiera tomado aquella curva del col d'Aubisque recta, quizá ahora fuera tan sólo un nombre en un palmarés anciano.


Esa es la grandeza de la providencia en el ciclismo, ahí reside la valentía, la fuerza y la grandeza de muchos aspectos del ciclismo. Wim Van Est sería un rodador más dentro de la prolífica historia orange. Y no sería el "hombre afortunado" que siempre fue. Nacido en 1923, comenzó su carrera profesional con 23 años, demostrando pronto su capacidad en el llano, sobretodo tras moto, así como una interesante punta de velocidad en sprints reducidos. Era un luchador, un corredor valiente y en crecimiento, que llegaría a ser 8º en un Tour, pero que nunca pasaría la montaña en condiciones y que debía conseguir en el llano toda la renta que pudiese. En 1951 no había renta que sacar, simplemente era un ciclista que siempre daba guerra en el llano, que trabajaba incansablemente y que tenía libertad en la selección holandesa. Ese Tour, llamado a la historia por Hugo Koblet, el pedaleur de charme, tenía preparado para él también su gramito de fama, de tragedia y de éxito. Éste último le llegó primero, consiguiendo el mayor hito en su carrera: etapa del Tour de Francia, venciendo en el sprint de un grupo de 10 corredores a Louis Caput, que le intentó cerrrar. El espíritu de pistard de Wim se impuso, y con una buena acción pudo conseguir el hueco necesario para vencer.


"Esta noche disfrutaremos de una bonita fiesta" decía Van Est en el hotel de su selección. Además de la etapa, el premio era doble, ya que tras sacar 18 minutos al pelotón, se ponía líder de la prueba, a la espera del primer contacto con los pirineos, en una etapa de 201 kilómetros que tenía tan sólo la dificultad del Aubisque. Esa noche, la fiesta no fue muy grande, ya que había que descansar para intentar aguantar el preciado maillot que acababa de lograr. Al día siguiente, bien descansado y con mucha ilusión, se vistió de amarillo, se subió a la bicicleta y comenzó la etapa con muchas ganas de conseguir quedarse con la bonita prenda que ostentaba. En las estribaciones del Aubisque se escapa un grupo poco peligroso, que acabará jugándose la victoria en el sprint de Tarbes, siendo descalificado el ganador, Raphaël Geminiani por ser empujado por uno de sus compañeros de equipo, siendo Serafino Biagioni el ganador final de la etapa. Ese movimiento de ciclistas no descenstra al líder, que comienza el puerto con el grupo de favoritos. Sin embargo, éstos no quieren que sea ésta una etapa de paseo, y comienzan las hostilidades en el puerto, a cargo de los gallos como Coppi o Bartali, que ponen a prueba al hombre más fuerte, Koblet, y al mejor llaneador Stan Ockers. Van Est pierde la rueda de los gallos, y otras más de las que se queda irremediablemente.


Llega a la cima con más de 3 minutos perdidos, y con una rueda pinchada que debe cambiar arriba. Nada más reparar su bicicleta, se encuentra con Fiorenzo Magni, uno de los mejores bajadores del pelotón, que ha cimentado en esa característica, entre otras, la victoria en el Giro de Italia en 1948 y ese mismo año, no siendo ni mucho menos un escalador. Se pega a su rueda, pero olvida una de las máximas más meridianas del ciclismo: Quién sube mal y llega agotado a la cima, no baja en buenas condiciones. Magni, un super-especialista en subir agarrado de gregarios los puertos y de dosificar fuerzas, se lanza a por todas en el peligroso descenso. En una horquilla a la izquierda Van Est intenta trazar igual que el italiano, pierde el equilibrio y se cae. Sin heridas importantes recoge su bicicleta, aparentemente poco dañada e intenta seguir el ritmo del italiano, que ve ya demasiado lejos. Tan justo toma las curvas, que su rueda trasera sufre un pinchazo de la cantidad de gravilla y restos que hay en las cunetas, y en una curva cerrada sin quitamiedos, muy cerca de los españoles Fran Massip y Dalmacio Langarica, que llegaría a ser seleccionadr nacional, en vez de tomarla sale recto hacia el precipicio. Massip ahoga un grito tremendo.


"Fue visto y no visto. Llegó a la curva y siguió recto hacia el precipicio, pedaleando todavía en el vacío". Palabras de Dalmacio, que lo vio con horror desde unos pocos metros de distancia. El precipicio tenía más de 70 metros de altura, era una caída mortal de necesidad. Los coches que venían detrás se pararon para intentar buscarle, junto a los propios ciclistas españoles y otros que acaban de ver la tragedia. Además había caído en una oscura grieta. Todos se temían lo peor. "¡Van Est, Van Est!" le gritan a esa mahca amarilla. De repente, oyeron unos gemidos y lamentos en el fondo del agujero, se movía. Wim Van Est daba signos de estar vivo, y consciente. Como él explicaría más tarde: "Al sentirme en el vacío dí una patada a la bicicleta para alejarla, y así tener las manos libres para taparme la cabeza. En el momento de la caída tuve la suerte de que topé con unos cuantos árboles jóvenes que me frenaron un poco, y en el agujero donde caí (ver fotografía del principio) había arbustos y hierbas altas". Los masajistas de la selección, con ayuda de otros compañeros, hicieron una cuerda improvisada con tubulares, y le sacaron. Podía incluso mantenerse él sólo, intenta proseguir la carrera, pero no le dejan. Increíblemente, ha salvado una caída al vacío de más de 70 metros, sin más ayuda que la vegetación, y la suerte.


Por unos días, el protagonismo de Koblet, de sus luchas con Gem, con Lucien Lazarides o con Gino Bartali pasan a un segundo plano. El protagonista es Wim Van Est, que había sido el primer maillot amarillo holandés de la historia y que se convertía en la atracción de la prueba, con unos pocos rasguños, golpes y hematomas tras una caída horrorosa. La diosa Fortuna estaba de su parte. Siguió corriendo, venciendo en dos Vueltas a Holanda, y siendo campeón de su país en otras dos ocasiones. Se dedicó a ganar dinero incluso en publicidad, como en el mítico anuncio de relojes Pontiac. El eslógan decía "He caído a 70 metos de profundidad, mi corazón dejó de latir, pero mi Pontiac siguió funcionando". Se hizo muy popular, gracias a un lance peligroso y algunas veces mortal de su deporte, de un deporte que practicó desde bastante mayor, ya que no había aprendido a montar en bici hasta la adolescencia. El ciclismo tiene estas historias. A veces trágicas, a veces incluso divertidas. Una cosa no quita a la otra, y el peligro sigue siendo una realidad para los ciclistas, un lance posible, y que puede cambiar una vida, o segarla. Simplemente la providencia, un movimiento, o un segundo de duda, hacen cambiar el resultado.